Ahimsa, no violencia

En un relato se describe que Angulimala —a quien hoy definiríamos como un asesino en serie— se encuentra con el Buda en unas calles desiertas por el miedo de la población ante el asesino y le ordena que se pare. Pero el Buda sigue con su práctica mendicante y su andar sereno y seguro hasta que Angulimala le corta el paso y le pregunta por qué no se ha parado al oír sus gritos y por qué no le teme. El Buda, como única respuesta, dice que Él paró hace tiempo, que ha parado de dañar a los demás. La conmoción por la presencia y la respuesta del Buda es tal, que Angulimala entra en contacto con su dolor más profundo y el que había causado a otros. Decide abandonar toda acción dañina y pide ser ordenado monje, el Buda lo hace y, como nombre, le da Ahimsa, no violencia.

Este relato tan antiguo puede inspirarnos y cuestionarnos acerca del viejo hábito que tenemos los humanos a dañarnos mutuamente. ¿Dañamos a los demás o a nosotros mismos?, si fuera así ¿qué motivos tenemos? y ¿cómo podemos detener ese daño?

Pasamos los días muy ocupados con todos nuestros asuntos, atendiendo a las demandas de todos nuestros pensamientos y sus discursos, de todas las diferentes actividades mentales y, por supuesto, de todas nuestras acciones físicas, por lo que deberíamos ser capaces de reconocer cuánto tiempo y energía nos consumen todas esas demandas, qué promueven y cómo respondemos a ellas.

Dice Su Santidad el Dalai Lama: «Creo que el desarrollo de la compasión, de la que depende la felicidad, exige un enfoque divisible en dos facetas. Por un lado, es preciso que contengamos todos aquellos factores que inhiben la compasión. Por otro, debemos cultivar aquellos que conducen a ella. Tal como hemos visto, conducen a la compasión el amor, la tolerancia, el perdón, la humildad, etcétera. Lo que inhibe la compasión es esa carencia de una contención interior que ya hemos identificado como fuente de toda conducta contraria a la ética. Mediante la transformación de nuestros hábitos y disposiciones, descubrimos que es posible empezar a perfeccionar nuestro estado anímico global (kun long), que es el origen del cual brotan todos nuestros actos.  Por tanto, lo primero —ya que las cualidades espirituales que conducen a la compasión entrañan un comportamiento ético positivo— será cultivar un hábito de disciplina interior».[1]

La disciplina interior

La disciplina interior no consiste en un autoritarismo despótico que solo pretende encontrar culpables y propinar castigo. Tiene varios aspectos; uno de los principales es la mirada honesta sobre nuestra propia confusión y dolor. Esto implica reconocer nuestras aristas más difíciles, que nos incomodan, acorralan o lastiman. Ellas requieren nuestra atención para no perpetuarlas en hábitos nocivos, y abrirles el corazón, aun en esos momentos que, precisamente, preferiríamos cerrarlo, para ofrecernos sostén, ternura y comprensión.

Continuamente nos vemos afectados por procesos de cambio, por la soledad, la insatisfacción, la culpa, la nostalgia, el sufrimiento o la muerte. En nuestras vidas no hay un sitio que nos resguarde de estas inclemencias. Afrontemos lo que se esconde en nuestros cuerpos y en nuestros corazones, porque si no lo hacemos nos sentiremos atrapados en una sensación fragmentada, incompleta, de falsedad o hipocresía.

Necesitamos adentrarnos en esos profundos y dolorosos paisajes, y no necesitamos otro impulso o cosa más que satisfacer nuestro anhelo de totalidad. Mientras sigamos imponiéndonos trabas y cerrojos a nosotros mismos también se los impondremos a los demás Dijo Platón: «Sé amable, pues cada persona con la que te cruzas está librando su ardua batalla».

Lo individual y lo colectivo

Según la vía budista, y otras tradiciones espirituales, contribuir a la realización del bien del otro no es solamente la más deseable de las actividades, sino también la mejor manera de realizar indirectamente nuestro propio bien. La búsqueda de una felicidad centrada solo en uno mismo está condenada al fracaso, mientras que la realización del bien del otro constituye uno de los principales factores de expansión y, en última instancia, el progreso hacia el despertar.

Ahora bien, es posible que algunas voces se levanten contra este razonamiento, la habitual discusión de si el ser humano es egoísta o no.[2] Al mismo tiempo, se escuchan otras muchas que plantean interrogantes y cuestionamientos ¿cómo puedo conciliar mis necesidades y esperanzas con las de los demás?

Nos movemos en nuestro tablero relacional en distintas direcciones por una tensión fluctuante entre las necesidades vitales, los condicionamientos emocionales y el pulso íntimo de una bondad esencial. Reconocer esta tensión es un primer paso hacia el equilibrio y la coexistencia entre el «sí», del corazón, que no debe imponerse al «no» de las consideraciones personales, ni este «no», debe limitar la sensibilidad del corazón.

El crecimiento y la evolución personal están en esa frontera. Allí se entrecruzan tensiones y hostilidades que, conducidas hacia la negociación y a la cooperación, convierten la parcialidad del conflicto «en una unidad mayor […] el proceso evolutivo básico seguido por todas las formas de vida de nuestro planeta».[3]

La ética como base del cuidado mutuo

Cuando se menciona la ética suele despertarse cierta incomodidad, porque se da por hecho que se está hablando de la imposición de normas jurídicas, políticas o morales. Pero si la entendemos como espacios de cuidado mutuo comprobaremos que no se trata de cumplir con obligaciones impuestas, sino de estar atentos al impacto de nuestra manera de estar en el mundo en relación con el sufrimiento, o el bienestar, que podemos causarnos o volcar en los demás.

En estos dos próximos párrafos extraídos de Ética de la compasión, Joan-Carles Mèlich[4] desarrolla dos ideas meridianas sobre la ética compasiva. «Vivir éticamente es estar expuesto, y atreverse a responder al otro y del otro en esta situación que no es ni pública ni privada, sino íntima, una situación “de dos”, “dual”, ni singular ni plural, y darse cuenta de que no se tienen respuestas predadas, y, a pesar de esto, responder, responder sin dar una respuesta única ni definitiva.»

«Una ética de la compasión se concibe como la forma en que los seres humanos, en cada momento de nuestra vida, tenemos que habérnoslas con el mundo y con el otro, la forma de responder de él y ante él. La ética es la respuesta que le damos al otro que nos sale al encuentro, es un trato con el otro, con el que cohabito un mundo, sea o no como yo, sea o no “humano”, esté presente o ausente. La ética es la forma que cada ser humano tiene de encarar la demanda del otro en un espacio íntimo, de responder –singular e ineludiblemente– de él y ante él.»[5]

Observándonos adecuadamente vemos que hay algo más, aparte de la mirada habitual que dejamos caer sobre nosotros mismos que nos impide estar relajados. La no agresión está a nuestro alrededor cuando hay comprensión de la bondad que emana de un estado básicamente despierto. Un aspecto auténtico de nosotros que es expresión de bondad y debe ser reconocido. Es el aspecto que nos permite sentirnos sanos, equilibrados en una relación de honesta y leal amistad con nosotros mismos.

El punto de partida puede ser éste, donde estamos ahora, aprender a valorar nuestra vida y sus posibilidades. Tenemos el material con el que podemos trabajar, el presente, ser conscientes de nosotros mismos, la certeza del cambio permanente, de la interdependencia y asumir la responsabilidad vital y amorosa que implica vivir.

El crecimiento personal, y comunitario, se basa en la fortaleza interior y en descubrir en nosotros la capacidad de extendernos hacia la dimensión más amplia y profunda de los seres humanos, aboliendo el aislamiento autoimpuesto por el miedo y la esperanza. La verdadera comunicación debe superar esas autodefensas habituales y suprimir las estrategias preventivas, si no, nuestra comunicación queda interrumpida.

Esa fortaleza interior nos anima a brindarnos a los demás mediante cuatro propiedades fundamentales, los Cuatro Pensamientos Inconmensurables, que son el amor, que comprende y afronta las demandas de la vida; la compasión, que es hábil y silenciosa en su presencia; la alegría, el regocijo por el bien y los aciertos de los demás; y la ecuanimidad, que es amor, alegría y compasión sin reservas ni preferencias.

En el budismo mahayana se define la naturaleza absoluta de la mente constituida por estos cuatro pensamientos y su aspecto relativo como la capacidad de expresarse en las Seis Paramitas, virtudes impregnadas por la sabiduría no dual. Estas son generosidad, ética, paciencia, diligencia, meditación y sabiduría.

Nuestra vida es esa actitud ante los Cuatro Pensamientos Inconmensurables y las Seis Paramitas, el concepto sobre nosotros mismos está profundamente condicionado por nuestra relación entre lo absoluto y lo relativo.

«El amor por el prójimo es como una oración elemental que te ayuda a vivir», Etty Hillesum.[6]Si podemos partir de esta base, nuestro crecimiento será fuerte, pero si no es así y la base no es sólida, entonces nuestro proceso de crecimiento tampoco lo será. Esta práctica es un entrenamiento mental. Tenemos la motivación de poner bajo control la mente e intentar utilizarla de forma positiva a través de la ética y la compasión.


[1] Dalai Lama, El arte de vivir en el nuevo milenio, Penguin Random House. Edición para Kindle: 2014.

[2] Recomiendo la lectura de En defensa del altruismo, de Mathew Ricard, editorial Urano.

[3] Elizabeth Sautouris, Evolucionario. El potencial espiritual de la idea más importante de la ciencia, Kairós, pág. 83. Octubre 2013

[4] Joan-Carles Mèlich, Ética de la compasión, Herder. Edición para Kindle.  2013

[5] Ibíd.

[6] Desde agosto de 1942 hasta finales de septiembre de 1943, Etty se ofreció voluntaria para trabajar como asistente y enfermera en el campo de concentración de Westerbork, como enviada del Consejo. Gracias a un permiso especial de viaje, pudo volver una docena de veces a Ámsterdam. Actuó como correo de la resistencia y llevaba consigo cartas y mensajes de los prisioneros, además de recoger medicinas para llevar al campo. Se siente solidaria con la persecución sufrida por los demás judíos y comienza un camino de interiorización que expresa con gran profundidad en su diario.