¿Las emociones son positivas o negativas? o ¿Adaptativas y desadaptativas? Leyendo “Emociones: una guía interna” del Leslie Greemberg, creador de la Terapia Centrada en las Emociones y charlando con varios amigos psicólogos, formados con él, comencé a sentirme más cómodo con esta última idea, que las emociones son adaptativas o desadaptativas, en función de si contribuyen, o no, a nuestro bienestar personal y colectivo que con lo de emociones negativas o positivas.

Ejemplos hay muchos, pero tal vez los más representativos, son la ira y la generosidad, por poner dos de carácter aparentemente distintos. La ira imbuida de una inteligencia aguda, directa e incluso de compasión será capaz de poner límite a conflictos sin ir más allá de ese cometido; en cambio una ira atrapada por los celos, la envidia o el desprecio será muy dañina y violenta.

Un aparente acción  generosa puede ser como un caballo de Troya que lleva dentro la intención de aparentar superioridad, lograr beneficios ulteriores, aparentar un rol de salvador o puede “vaciarte” si das continuamente como antídoto a la soledad, por ejemplo. En cambio la generosidad que tiene en cuenta no solo la necesidad del otro sino tus posibilidades e intenciones, aporta bienestar a ambas partes.

Todo funciona en base a causa y efecto y el mundo emocional no escapa a esta regla. Y lo hace a una velocidad tal que tu mente no tiene tiempo de tomar conciencia de lo que está pasando y sólo sientes el efecto de las emociones en ti y en los demás. Por esto a veces no comprendes cómo, a pesar de tus buenas intenciones, han podido apoderarse de ti de esa manera emociones que no deseas. Incluso después de algún tiempo compruebas que tu intención de ser compasivo, de poseer un buen corazón lleno de ternura se ha quedado sólo en una teoría.

Hace un tiempo, cuando leí en el libro “Cuando todo se derrumba”, de Pema Chodrön,  “El miedo es la reacción natural de acercarse a la verdad” quedé impactado, ¿por qué dice esto? fue la pregunta inmediata que me asaltó.

Creo que uno de los miedos común a todos es “descubrir” la temporalidad de las cosas y de cómo dependen unas de las otras; en definitiva la verdad que estas fuerzas, temporalidad y la dependencia mutua en la vida son mucho más potentes que nuestros deseos.

Cuando “descubres” la temporalidad de las relaciones, del trabajo, del cuerpo, de la vida en su totalidad, esa verdad hace surgir el temor. Seguro que no te sorprende que caigan las hojas en otoño y vuelvan a surgir en primavera. No solo no te sorprende sino que lo disfrutas…una temporalidad amble y poética, si quiere. Pero “asombrosamente” muy pocas veces eres, somos conscientes de esa temporalidad en tu vida personal e íntima. Y mucho menos aún cuando transitamos la estabilidad y felicidad en la vida. Es posible que, como la gran mayoría, en esas mesetas estables o cuando asciendes a los picos del amor romántico no pienses que el cambio es inexorable. Claro, a veces a mejor y otras no. Lo primero te excita y lo segundo te decepciona. Pero…¿no habíamos entendido aquello de la temporalidad o impermanencia?

El cambio lleva aparejado el miedo a lo desconocido y esto nos hace sentir vulnerables, y esto no está ni bien ni mal, es así, es parte integral de la vida sentirnos temerosos, agitados, desconcertados o abrumados cuando llegan a nuestra vida situaciones que desconocemos cómo lidiar con ellas.

Cuando se abre el mundo bajos los pies no siempre sabemos cómo afrontar la incertidumbre ante lo desconocido, sentimos miedo y recurrimos a nuestras “armas defensivas” de los tres impulsos habituales: el de retener, atrapar, forzar. El impulso de rechazar, pelear o despreciar y, por último, el impulso de desconocer o ignorar.

Los recursos que te propongo descubras y asientes no tratarán de evitar el miedo y la incertidumbre, sino de ver cómo afrontar las situaciones difíciles. Pero antes, un consejo, comienza con cosas menores, por ejemplo, lo imprevisible del día a día…

Asume el reto de “permanecer donde estás”, percibir la temporalidad de todo, observa la relación con el cambio, aquello que consideras malo como de aquello otro que consideras bueno. No siempre has hecho las cosas equivocadas, simplemente han cambiado. Hay una comprensión profunda cuando se reconoce que el presente, muchas veces, pone en evidencia los esfuerzos fallidos a que el mundo nos haga caso.