Aprender a despedirnos.

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El Dharma, enseñanzas budistas, es un extraordinario mapa que nos ayuda a explorar, despertar y estabilizar nuestras profundas dimensiones humanas. En esa tarea que nos proponemos, el estudio y la práctica son, en realidad, los preliminares al encuentro de todo aquello que nos sucede fuera del cojín de meditación, en el día a día, sea en un monasterio o en una ciudad. Así tomamos  la vida misma como aprendizaje e incluimos todo lo que nos sucede, más allá de las preferencias de nuestra “agenda personal” de agradable, oportuno, útil, etc.

Por otra parte, la “agenda” de la sociedad actual también tiene sus preferencias y el proceso de morir y la muerte no entran dentro de ellas. Ha desaparecido, prácticamente, toda reflexión y presencia de la muerte. Se ha transformado más en un asunto médico que en una cuestión humana. Por el contrario, en el Dharma la presencia de la impermanencia, la interdependencia y la muerte es una constante y esto nos rescata de pagar el precio de negar la vida si negamos la muerte.

La vida y la muerte nos interpelan constantemente. El “yo” prefiere ignorar el juego constante de la impermanencia porque necesita sobreponerse a la amenaza de su desaparición. Se rebela contra el relato tan “poco fiable” que, entiende, es la vida. ¿Cómo va a confiar ese yo, ávido de seguridades, en lo impredecible? Así es como defensivamente ensayamos trucos evasivos, transformando todo en productos de consumo. Uso y descarto la amistad, el amor, el sexo. Creo ingenuamente en la idea del consumismo —yo elijo—, cuando en realidad es la banalidad la que nos gobierna.

¿Cómo rescatarnos de esa banalidad? Inspirados por las enseñanzas, podemos desarrollar estos tres puntos: impermanencia, presencia y compasión para acompañarnos y acompañar tanto en la vida como en el proceso de morir.

Una de las mayores sensaciones de ser vulnerables viene de sabernos mortales. A veces es obvio y otras veces solapado, pero el miedo a la muerte tal vez lo encontremos camuflado en el desconcierto de los cambios y la dificultad de navegar con aquellas fuerzas propias de la vida mucho más poderosas que nuestro anhelo y voluntad.

La impermanencia está siempre presente, aunque no siempre sea visible. Todo se encuentra en un proceso de cambio, cualquier ente animado e inanimado está cambiando siempre, a cada momento. Sin embargo, en nuestra experiencia personal, nos resistimos e ignoramos este hecho básico. Preferimos la seguridad, lo imprevisible despierta temores.

La presencia, entendiéndola como la capacidad de la mente de reconocer y permanecer en ese reconocimiento, nos ayuda a reconocer que el miedo, el deseo voluptuoso de manipular, el rechazo arbitrario y una amplia lista de emociones desadaptativas, visitan la mente, pero, como toda visita, si no la atiendes, se marcha. Desde esa presencia buscamos en los pliegues de nuestra historia personal, nuestros miedos y esperanzas, para preguntarnos con cruda honestidad: ¿qué sentimos, qué pensamos, qué tememos o qué anhelamos para cuando llegue el momento en que habremos de despedirnos de todo y de todos? No nos demos prisas para respondernos, permanezcamos en el interrogante hasta que las respuestas sean alumbradas por la luz de la sabiduría y la calidez de la compasión. Obtengamos esas respuestas que merecemos darnos y dan un sentido a esta existencia.

Dice Joan Halifax acerca de esa presencia en su libro Estar con los que mueren: “¿Cómo podemos dar y aceptar cuidados […], yendo más allá del miedo hacia un lugar de ternura genuina? Yo creo que esto se produce cuando podemos ser verdaderamente transparentes, viendo el mundo con claridad… y permitiendo que el mundo nos vea.”

La compasión como compromiso activo está activando la figura del acompañamiento espiritual, tanto de la mano de profesionales de la salud, como de la de aquellas personas que comprenden que acompañar en el proceso de morir es una tarea íntima que concierne a todo el mundo es un asunto de solidaridad humana ante todo.

La intimidad de esos encuentros abre el corazón sin distinciones de acompañante y acompañado. Acompañar es también una práctica budista. Es presencia, amor y compasión.

El mismo Buda, cuando se encontró con el monje Tissa, excluido por sus propios compañeros, que sentían rechazo ante la visión que ofrecía su cuerpo lacerado y maloliente a causa de una infección generalizada, lavó y curó las heridas de Tissa junto con su asistente Ananda. Luego reunió al resto de los monjes y les dijo que debían cuidarse los unos a los otros, que eran familia. “Cuidar a otro es como cuidarme a mí”, finalizó el Buda.

Extendemos ese mensaje de Buda para asumir que la sociedad que habitamos es, también, nuestra familia. Hoy ya se está trabajando en proyectos de ciudades compasivas y de nuevas formas de familias que incorporen a los sectores más desprotegidos.

Los cuidados emocionales y espirituales al final de la vida pueden ofrecerse de varias formas. Desde el aseo al paciente hasta la escucha activa que ayude a explorar miedos, inquietudes y necesidades. Y sin duda, suceda lo que suceda, estar con una delicada presencia haciendo lo que toque hacer. Aunque no pocas veces lo adecuado es no hacer para estar siendo.

Asear a alguien, curar una escara, dar un masaje en los pies o, incluso, sencillamente darle la vuelta en la cama, todo puede hacerse con una aproximación consciente de lo que realmente es la persona. No se reduce a un cuerpo en ruinas, próximo a la descomposición; es infinitamente más que ese cuerpo… es mucho más que lo que estamos viendo.

Si nos acercamos a esa persona, si la miramos, si la tocamos con esa conciencia de lo que es, nuestra aproximación, nuestros gestos, nuestras miradas estarán impregnadas de esa calidad de confirmación afectiva, de confirmación del otro. Por nuestro modo de ser podemos hacer sentir a alguien que es más de lo que podemos ver.

Mantener la presencia despierta siendo testigo de la impermanencia y expresando compasión hacia uno mismo y hacia los demás puede ser el mejor sostén para cuando vamos dejamos atrás los territorios conocidos y la próxima orilla aún no se ve.

Entre el miedo y la esperanza.

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Este es el primer artículo, de tres, donde exploro por separado al miedo, luego a la esperanza y finalmente el juego pendular entre ambos.

Todos tenemos miedos y esperanzas, y encontramos muchas razones o argumentos para una y otra cosa. Puede que algunas veces nos protejan de peligros y otras nos acerquen al bienestar. Pero ¿qué hay de los miedos infundados y de las esperanzas desmedidas? El Dharma siempre nos alienta a madurar nuestro interior y a sentir que tomamos posesión de nosotros mismos y, en este caso, nos invita a explorar cómo con este movimiento pendular de miedo y esperanza producimos la infelicidad que podemos evitar.

André Kértesz. El límite de las sombras y el espacio del espíritu. Pinterest.

Cuatro parejas y dos caminos

Podría ser el título de una película romántica, con algo de drama y otro poco de aventura, pero no lo es, aunque hay un poco de todo ello en tan solo estos ocho sustantivos abstractos: ganancia, pérdida, placer, displacer, renombre, anonimato, alabanza, crítica, que agrupados en pares de opuestos y precedidos uno por la esperanza y el otro por el miedo dan como resultado una de las descripciones más representativas del pulso constante que agita nuestra vida creando una suerte de drama, con tintes de aventura, a veces, y mucha emocionalidad casi siempre.

La manera más sintética de referirse a estas enseñanzas es nombrarlas como miedo y esperanza y su formulación completa los designa como «Los ocho dharmas mundanos»

Esperanza de ganancia y el miedo a la pérdida
La esperanza de placer y el miedo al displacer
La esperanza de renombre y el miedo al olvido/anonimato
La esperanza de alabanza y el miedo a la crítica/censura

También sobre esto Baruch de Spinoza, uno de los principales filósofos del racionalismo, dijo en su Ética demostrada según el orden geométrico, obra publicada en 1677: «No hay esperanza que no esté mezclada con el miedo, ni miedo que no esté mezclado con la esperanza. La esperanza no es sino una alegría inconstante, surgida de la imagen de una cosa pretérita o futura, de cuya realización dudamos. El miedo es, también, una imagen inconstante, surgida también de una cosa dudosa».

Baruch de Spinoza (1632 –1677)

Bien sea el Dharma u otras voces, como la de este filósofo, han hablado del miedo y la esperanza, pero ¿qué podemos decir nosotros sobre ello?, ¿qué podemos aprender de nosotros mismos si comenzamos a descubrir nuestros miedos y nuestras esperanzas? desde los más obvios como la enfermedad y la muerte, por ejemplo, hasta esos otros tan bien camuflados de cotidianidad que no siempre distinguimos sus siluetas.

El tiempo productivo y el tiempo afectivo

Día tras días vemos moverse a las manecillas del reloj y estas nos dicen «es la hora de…» y sea lo que sea ese «es la hora de…» se convierte en la hora de producir, de hacer algo que acabe en el resultado esperado. De alguna manera, y no siempre consciente, sea en lo colectivo como en lo individual, solemos movemos en una suerte de modo productivo, en la maximización del rendimiento con el menor de los costes. Un modo que se fija más en el producto y la forma que en el complejo proceso creativo del contenido, más en el resultado que en las causas. Y no me limito solo a lo material, llevo esta idea a todos los ámbitos de nuestras vidas y a ese estrés social que infarta el alma humana.

El tiempo productivo lo envuelve todo y pocas veces optamos por el modo ser, el modo amar y compartir sin más, marcharnos de la «cadena productiva» a la «cadena afectiva» a la del espacio de perseguir o rechazar al amable espacio de estar y comunicar alcanzando un gratificante reposo. Así como las inquietas manecillas no se detienen en el presente, tampoco nosotros nos detenemos en él, más bien transitamos entre las subjetividades de lo que imaginamos puede ser el futuro y las subjetividades de lo que recordamos fueron nuestros presentes.

En las enseñanzas budistas se explora qué subyace en ese moverse constante en estos tiempos de la producción que, parafraseando a Emmanuel Carrère*son tiempos de agitaciones vanas y ambiciones frustradas que nos llevan a esforzarnos para que al menos resultemos interesantes ante nosotros mismos, aunque acabe en una suerte de sueño mal contado.

Toda nuestra vida se agita pendularmente entre dos extremos que parecen opuestos, el miedo a lo que consideramos amenazante, desagradable e incierto y la esperanza de una vida segura, confortable y previsible. Así que ¿cómo relacionarnos con todo lo que nos ocurre? ¿cómo integrar a las vicisitudes de la vida que nos hacen sentir, a veces, tan poco capaces y desvalidos? Y también ¿cómo integrar aquellos otros paisajes de la vida que nos hacen sentir tan seguros y eufóricos? ¿cómo encontrar ese punto medio entre el miedo y la esperanza?

Con la enseñanza sobre «Las ocho preocupaciones mundanas» comprobamos como nos movemos en el juego de la aceptación y del rechazo, del prestigio y del anonimato, del placer o del dolor, del obtener y del perder que condicionan todo lo que planeamos y hacemos, incluso nuestra práctica espiritual. Miedo y esperanza que nos llevan a una mentalidad de pobreza donde tendemos a definirnos por las carencias y apegarnos a esas definiciones, aunque sea un poco halagadoras o autodestructivas.

Nuestra lista

Si revisamos nuestra lista sobre lo que nos da miedo, más allá de perros peludos y feroces, o de siluetas amenazantes en calles tenebrosas ¿encontraríamos miedo, o audacia, a vernos a nosotros mismos de manera honrada y cruda? ¿Nos animaríamos a simplemente ver lo que hay? Por ejemplo, ¿tenemos miedo a sentirnos incapaces de enfrentar los desafíos del día a día entrando en los territorios conocidos del nerviosismo y la inquietud? ¿miraríamos nuestras aristas más indeseables? ¿tenemos miedo a ser reducidos al silencio y al olvido?

Un paso audaz es reconocer los miedos, sin ese reconocimiento no podría desplegarse la intrépida ternura de la bodhicitta, la audacia compasiva de la naturaleza búdica, que nos estremece por su fuerza, y sintiendo lo que sintamos no estamos particularmente mal por ello, nos reconocemos temerosos, sí, pero al mismo tiempo con recursos.

He seleccionado este breve párrafo de Chögyam Trungpa Rinpoché para plantear el tema de los obstáculos y de la audacia: «Uno de los obstáculos principales para la audacia son los modelos habituales que nos permiten engañarnos. De ordinario, no nos permitimos experimentarnos de forma plena. Es decir, tenemos miedo de enfrentarnos a nosotros mismos. Experimentar el núcleo íntimo de la propia existencia es algo que a muchos les resulta embarazoso». **

A veces el camino espiritual, así enunciado de manera tan vaga e imprecisa, es uno de esos obstáculos, el auto engaño como evasión espiritual. *** Y la audacia no es la del insensato que improvisa una bravuconada sino una audacia tierna que proviene de un fondo de bondad natural, que trasciende las nociones de bueno o malo como sinónimo de sabiduría. Hay mucho que afrontar y abandonar cuando veamos que la inercia del miedo y la esperanza nos lleva a dañarnos a nosotros mismos, parece que nos sintiéramos a gusto con los patrones dolorosos.

Es relevante señalar la coincidencia de los místicos de todos los tiempos y tradiciones que nos piden dejar lo que menos deseamos hacer, liberarnos, sin condenas, de la ilusión de un yo pequeño que se ama tanto a sí mismo que acaba detestándose.

Para ir al núcleo de este asunto y sin rodeos, el medio hábil de la meditación sentada se presenta, casi, como la única manera posible. Descubrir desde el centro mismo del miedo los argumentos que lo alimentan sin que esa observación se tiña de ellos. Ese estar básicamente despierto mira a uno mismo y va más allá de uno mismo, con una mirada honrada a la que luego se le suma la bondad.

* Emmanuel Carrère, EL reino. Traducción Jaime Zulaika, Editorial Anagrama, edición digital junio 2015.
** Chögyam Trungpa. Sonríe al miedo: Despierta tu valentía interior, Kairós. Edición de Kindle. Noviembre 2011.
*** Puede leerse el artículo “El traje a medida de la espiritualidad” en esta misma publicación.

 

Venerable Karma Tenpa es un monje budista, argentino, residente en España. En el año 2007, recibió de parte de S. E. Situ Rimpoche la ordenación de guelong (monje completamente ordenado).  Participa en la formación de voluntarios en el acompañamiento espiritual en el proceso de morir en la Fundación Metta Hospice https://fundacionmetta.org/ y, como voluntario, se suma a la actividad de la Asociación ACM112 dedicada al acompañamiento a personas sin familia en el proceso de morir. También gestiona el programa Creciendo en Nepal cuya actividad se centra en recaudar fondos para dos hogares de acogida para menores en Katmandú.

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Que el amor sea más grande que la dificultad.

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La pandemia de COVID 19 está cambiando la narrativa de la vida, tanto la personal como la colectiva. Millones de personas estamos en confinamiento, semi confinamiento, y el total de la población mundial se ve, o verá, afectada de una manera u otra.

Están siendo tiempos en lo que se comprueba de manera contundente, en muchos casos brutal, que los supuestos sobre lo que descansan las perspectivas acerca de la vida, como la salud, el trabajo, las relaciones personales, la autoestima y la sociedad en sí misma son absolutamente inestables. Es un momento de gran incertidumbre y puede ser que nos sintamos interpelados, amenazados o ni tan siquiera podamos ponerle nombre a lo que se apodera de nosotros.

Es necesario explorar y entender el mensaje de esa incertidumbre, si no, en caso contrario, la incertidumbre la convertiremos en miedo a algo como reacción defensiva porque hay una necesidad emocional de querer definirlo, un qué o un quién concreto, como paso previo para poder controlarlo.

Pero antes de continuar quiero participaros del cuidado extremo que estoy tomando para ser muy respetuoso y solidario con tanto sufrimiento que nos envuelve. No quiero pasar por alguien que da soluciones y consuelo para niños asustados cuando tenemos enormes problemas de adultos. Cuando se aproxima algo indeseable o amenazante, como ahora mismo, es muy humano tener miedo, así que compréndete y no te desvalorices por tenerlo, no estás haciendo nada mal, sólo lo estás haciendo como puedes. Y eso es un gran esfuerzo que deseo que valores.

Todos debemos en lo cotidiano adoptar todas las medidas que la grave situación requiere. Lo que comparto ahora tal vez resuene más en aquellos que ya tienen una experiencia meditativa afianzada. Si no es el caso, no te esfuerces, a veces es mejor una barra de chocolate, o una crocante pizza, que meditar.

En la practica meditativa hay tres indicaciones muy precisas en las que apoyarse durante las sesiones: observa, discierne y reposa. Observa que pensamientos y emociones pueblan el momento, discierne que atmósfera emocional comienza a envolverte y, a continuación, reposa en esa capacidad de la mente de observar sin más.

Cada vez que hacemos la práctica de sostener la crudeza de la vulnerabilidad en nuestro corazón, obtenemos una pequeña visión de cómo son las cosas en realidad. Cuando somos capaces de sostener la crudeza de la vulnerabilidad de nuestro corazón podemos usar esa energía para crear. Podemos hacer de ella algo que conmueva y que comunique con los demás.

Solo cuando aprendamos a abrazar plenamente todos los aspectos de nosotros mismos-incluso los elementos que aparecen más negativos de nuestra mente y nuestro corazón-aprenderemos a abrazar plenamente a los demás. Solo cuando descubrimos la bondad básica tanto en nuestro loto, nuestro barro llegamos a ver la bondad básica de todos los seres vivos.

¿Cómo relacionarnos con todo ello? Reposa con lúcida claridad en esa parte de ti que no teme, que es mayor que el miedo y le contiene. Esto quiere decir que lo que observa al miedo no tiene miedo, porque en su calidad de testigo no está atrapado por el miedo que observa. Si la atención plena compasiva abraza al miedo, la mente temerosa se sumerge en el corazón y descansa de sí misma. Poseemos un inmenso potencial de bondad y fortaleza espiritual que nos permite sentirnos sanos y equilibrados en una relación de honesta y leal amistad hacia nosotros mismos, que nos acompaña en ese ir hacia la verdad del ser.

Pero ¿podemos mantener esa presencia abierta en el miedo y no a lo que nos da miedo? La respuesta es sí y esto significa reconocer el miedo, estar dispuesto a tenerlo, a aprender de él y a ser transformados por él.

Que el amor sea más grande que los conflictos que nos atemorizan

Todos tenemos miedo a algo, sea lo que sea ese algo. Pero ¿hemos aceptado al miedo de tal manera que de un visitante ocasional de la mente lo hemos convertido en su dueño? ¿Qué podemos hacer por nosotros mismos y por los demás?

Podemos hacer que las medidas de cuidado, confinamiento y distanciamiento social, que hemos debido aceptar para reducir las posibilidades de contagio no las convirtamos en nuevos cerrojos que echemos sobre las puertas por las que recibimos al mundo y por las que salimos hacia el. Salir del confinamiento será como un nuevo nacimiento, un nuevo parto de la realidad que mostrará, una vez más, que estamos estrechamente vinculados con los demás.

Debemos propiciar una convivencia ecuánime entre uno mismo y con los demás, porque la convivencia misma constituye el centro de ser humano. Estar en uno mismo y convivir con los demás no son cosas distintas, no están separadas, ni son una mera anécdota. La coexistencia ecuánime constituye el marco referencial de estar en el mundo.

Pero, ¿qué se entiende por ecuanimidad? La ecuanimidad no es partir un bizcocho en porciones exactamente iguales. Una ecuanimidad social y activa puede ser hoy, más que nunca, la respuesta a la profunda demanda de integrar plenamente la vida individual con la vida colectiva, lo religioso con lo mundano, lo cotidiano con lo sagrado, uno mismo con los demás. Debemos estar atentos para no dejarnos tentar en ponerle más cerraduras a la comunicación, al estar con los demás, porque cada cerradura adicional que coloquemos como respuesta a nuestros miedos y prevenciones los reforzarán cada vez más.

El trabajo principal que nos espera consiste en llegar a ser personas completas, con un estado esencial de lucidez para amar aún con el corazón herido e inspirar plenitud a los demás.

Estemos dispuestos a escucharnos y a escuchar a los demás

Es posible que nos sintamos confundidos, alterados y que nos cueste discernir equilibradamente. La información puede estar siendo abrumadora y desalentadora, caótica, contradictoria o malintencionada. Por todo esto es muy importante observar si nuestra manera de comunicar y actuar suma o divide. Hemos de salir al encuentro de lo que nos sucede con el valor y la voluntad de implicarnos de una manera que verdaderamente aporte respeto y comprensión por uno mismo y por los demás, en vez de falta de respeto, agresión y polarización.

La forma en que nos comunicamos es crucial porque responde a un principio elemental: la violencia responde a la violencia como la bondad responde naturalmente a la bondad. Cuando nos comunicamos desde nuestro enfado, neurosis o desesperación, creamos malestar y división en nuestro entorno, pero el habla que viene de nuestro corazón se comunica con el corazón de los demás.

Usemos como modelo el entrenamiento del Bodhisattva, permaneciendo fieles a nuestra palabra de beneficiar a los seres sensibles y no abandonarlos. Comunicando de tal manera que acerquemos a los seres a la cordura de su propia naturaleza del Buda. Esta es una de las mejores habilidades que podemos desarrollar los que hemos tomado los compromisos del Bodhisattva. No solo deseándolo, sino actuando con amor y esfuerzo gozoso para conseguirlo.

Pero si queremos comunicar, con nosotros y los demás, de una manera que ayude, primero tenemos que trabajar con nuestra propia reactividad emocional conflictiva. Podemos ver con facilidad la rigidez de los corazones de los demás, pero también debemos ablandar nuestro propio corazón, aceptar esto puede ser doloroso, pero es un paso necesario. Como dijo Friedrich Nietzsche, «todo aquel que lucha contra monstruos debe vigilar de no convertirse en uno de ellos. Cuando miramos mucho al abismo, el abismo también nos mira a nosotros.»

Hablar desde el corazón es algo que no nos viene automáticamente, tenemos que ejercitarla, traerla a nosotros hasta hacerla algo natural. Es una habilidad en la que tenemos que trabajar mucho haciendo todo lo posible para que nuestra manera de comunicar provenga del sentirnos partícipes activos en una humanidad compartida. No es un viaje de un recorrido corto y de un tránsito fácil, pero es un viaje que vale la pena emprender, porque nos llevará a un lugar donde de verdad podemos ofrecer lo mejor de nosotros y sacar lo mejor de los demás.

Sobre las emociones y el Dharma: ponte de tu parte.

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Cuando hablamos de emociones, ¿de qué hablamos? y ¿qué conocemos de ellas? Es un tema muy interesante que a mi entender necesita un acercamiento multidisciplinar, metódico y reflexivo antes que la pronta censura y crítica habitual. Un enfoque que colabore al desarrollo de una provechosa gestión de algo que nos ocurre todo el tiempo: emocionarnos.  ¿Y por qué ocurre esto? La emoción es un proceso automático modelado por nuestro recorrido evolutivo y «sazonado» por nuestra historia personal. Nos da a entender nuestro estado de ánimo frente a la situación y nos orienta hacia la adaptación de una circunstancia en particular y genera reacciones fisiológicas, psicológicas o conductuales. Pero ese proceso, mucho más complejo que estas pocas citas, no siempre escoge la mejor opción.

«La mayor parte del tiempo—y en el caso de algunas personas siempre—las emociones nos prestan un valioso servicio al hacer que nos ocupemos de lo que es realmente importante en la vida y nos proporcionan placeres de muy distinto tipo. Sin embargo, a veces nos meten en líos. Ello sucede cuando nuestras reacciones emocionales resultan inadecuadas…» (Paul Ekman, 2013).

Hay cierta inercia de resaltar más esto último, lo problemático, que el aporte beneficioso de las emociones. Muchos practicantes budistas valoran las emociones como algo negativas en sí mismas y creen que la propuesta budista es su represión y anulación. He escuchado tantas veces «yo y mis emociones», o «yo y mi ego», con un tono culposo que hace pensar en un «budismo punitivo» que señala con un dedo acusador.

Tal vez esta suerte de «mala prensa» que tienen las emociones sea tributaria de ideas que durante muchos siglos primaron en nuestras sociedades, la prevalencia de la razón sobre las emociones. Por ejemplo, Platón afirmaba que las emociones eran caballos salvajes que tenían que ser refrenados por el intelecto. Descartes nos dejó el famoso «pienso, luego existo», situando claramente la preeminencia del intelecto sobre lo emocional. Y Pascal recordaba la inteligencia de las emociones diciendo que «el corazón tiene razones que la razón no entiende». Y en nuestros días escuchamos, tanto, «confía en tus sentimientos» como «eres demasiado emocional, tienes que ser razonable y controlarte». Ha permeado la idea de que la «manera correcta» ante los peligros de la supuesta pérdida de control emocional es ser razonable y reprimido.

Pero las emociones nos preparan para la acción en lo adaptativo, lo social y lo motivacional entre sus funciones más importantes y también nos despiertan cuando las hojas aplauden al viento y cuando la enfermedad se convierte en sanación. Nos llevan a contemplar obras bellas y magníficas, antes que se encojan en la oscuridad, una y otra vez hasta curar nuestros ojos rasgados por el dolor. Definitivamente, una vida sin emociones sería una vida plana desabrida, como un refresco sin burbujas.

Cuatro emociones básicas. Fuente: https://psicologiaymente.com/psicologia/emociones-basicas-cuatro-seis

Dharma y emociones

El budismo, como extraordinaria ciencia de la mente, tiene mucho que aportar en este tema. Nos anima a investigar la realidad que percibimos porque refleja nuestro propio estado de conciencia, y jamás podemos explorar la realidad sin hacer al mismo tiempo una exploración de nosotros mismos, no sólo porque somos parte de esa realidad, sino también porque creamos esa realidad que exploramos.

Una de las razones fundamentales de la incomodidad, dolor y frustración que a veces nos causan las emociones es que muchas veces la reactividad que impulsan tiene muy poco sentido en nuestra vida moderna, si las consideramos a la luz del recorrido evolutivo de nuestra especie, que antepuso la seguridad contra la amenaza, la reproducción ante la extinción y el individuo y su grupo ante lo demás.

Sin embargo, si conocemos más acerca de ellas—y hoy las ciencias contemporáneas aportan mucho sobre el conocimiento de los procesos neurofisiológicos y cognitivos—podremos conectarnos a fondo y plenamente con las emociones. Así, dejarán de ser un problema de vivencia interna y de manifestación externa. Tendremos un contacto tan estrecho con ellas que se hará transparente hasta diluirse, la guerra entre nosotros y las emociones, nosotros y nuestras proyecciones, nosotros y el mundo exterior.

“El Equilibrio Balance”de Christian Schloe. Fuente: https://www.facebook.com/ChristianSchloeDigitalArt

Una batalla sin sentido

Una manera poco amable y menos eficiente de gestionar la expresión desadaptativa de la emoción, enojo, incertidumbre, agitación, etc. es batallar contra ella; es una causa perdida por la simple razón de que la energía del combate es la misma que la del conflicto. Un incendio no se apaga con gasolina.

No hay flor que no haya nacido de una semilla, ni semilla que no haya germinado en la fértil generosidad de la tierra, cobijada luego por el espacio que la alberga y el cielo que le cubre. De manera similar, y metafórica, así lo hizo a diario el Buda en todos sus años previos al florecer de su interior más profundo. La tierra sostuvo su búsqueda, el espacio albergó todo su sentir y el cielo fue un ecuánime testigo.

En sus momentos previos a la liberación final Mara, el «demonio», hoy diríamos neurosis, le amenazó primero y sedujo después, como lo hacen con nosotros el miedo y la esperanza. Pero el Buda confió permanecer sobre la tierra, la base, dando espacio al rechazo y al aferramiento, el camino, y siendo testigo del devenir, como el cielo, el resultado. Así se liberó de las ataduras de la dualidad que nos separa de nosotros mismos y de los demás, que hace surgir el agravio o el desprecio como también, es justo decirlo, el amor y la solidaridad, pero que no suele ir más allá de nuestras preferencias.

Aprendiendo de la naturaleza

Hace millones de años, los organismos unicelulares iniciaron un proceso de colaboración que alentó el desarrollo de una nueva forma de vida. El cambio tan notable fue el énfasis de la competición a la cooperación, encontraron un punto intermedio perfecto entre competición y cooperación. De este ejemplo, al que seguramente lo empobrezco con lo extremo de la síntesis, me valgo como metáfora para explorar la tensión emocional que no siempre se resuelve bien cuando se plantea en términos aceptación o rechazo. Esta hipotética frontera cuándo es permeable a la tensión y al conflicto contribuye a negociar la resolución a través de la cooperación y el entendimiento. Así se entiende porque se siente lo que se siente y nace la superación desde el aprendizaje.

La tristeza puede ser una invitación a repensarnos y de allí puede surgir la alegría de ser artífices de nuestros cambios. El enojo ante la arbitrariedad engendra la calma de sentirnos coherentes con nuestros principios y del amor la energía para el compromiso equilibrado entre lo individual y lo colectivo.

Ponte de tu parte

Toda la enseñanza y los medios hábiles del budismo, habitualmente llamados «práctica», tienen el cometido de ponerse de tu lado. Muestran que la emocionalidad puede ser conflictiva pero que siempre es condicionada y, por lo tanto, temporal y maleable. No te señala como el hacedor único y responsable de la confusión emocional, sino que te ayuda a hacerte responsable y observar cuáles son las causas que te llevan hacia la felicidad y cuáles son las causas que te llevan hacia el dolor. Y esto es un enorme empoderamiento, por eso el Dharma está de tu lado, falta que tú te pongas también de tu lado.

Indica como generar nuevos modos de prestar atención para integrar los ritmos propios de la vida, acoger la conflictividad y descubrir la vivencia interior de la confianza en las cualidades más nobles del auténtico corazón. Se descubre, así, una hospitalaria acogida donde reposar amistosamente junto a la ira, la insatisfacción o la tristeza.

Jean Louis Corby – escultura, bronce. Fuente: https://www.pinterest.com/nevilazaimi/jean-louis-corby-sculptures/

Y ahora, renuncia

Pero, ¿a qué se renuncia? Antes es necesario precisar a que no se renuncia; no se renuncia a amar, ni a la sociedad, ni al desarrollo personal, ni a la familia ni a los amigos, ¡ni siquiera al deporte! Se renuncia a la mentalidad de pobreza que repite una y otra vez que no puedes, que eres así, que las emociones son más fuertes que tú. Se renuncia a la pereza emocional de trabajar con uno mismo que se esconde tras la culpa, cuando se dice «es que…yo y mis emociones», o «yo y mi ego».

Reposa en la atención plena como un medio fiable donde renunciar. Con ello se cultiva un claro discernimiento y se ejercita una mente fuerte y valerosamente compasiva, que ve el sufrimiento y sus causas, que es capaz de transformarlas desde su pureza y al mismo tiempo abre la puerta hacia la empatía benevolente, hacia la compasión. Cuando entiendes tu relación con las emociones entiendes la relación con las emociones de los demás, cuando entiendes tu dolor comprendes el dolor de los demás disolviendo la ilusión de la dolorosa separación.

«En última instancia, la felicidad se reduce a elegir entre la molestia que supone tomar conciencia de nuestras aflicciones mentales o la molestia de ser gobernados y dirigidos por ellas» Mingyur Rinpoché.

Referencias:

Paul Ekman, El rostro de las emociones. (RBA Bolsillo, 2013) Edición de Kindle, posición 428,

Leslie Greenberg, Emociones: una interna (Desclée de Brouwer, 2008), pág. 33.

Tara Brach, Aceptación radical. Abrazando tu vida con el corazón de un Buda (Gaia Ediciones, 2014), Edición de Kindle, posición 3172,

Bliss point emocional

“El capullo simboliza todas las cosas, incluso aquellas que no florecen,

pues todo florece por dentro, por su propia gracia.

Aunque es necesario volver a enseñar a una cosa su encanto.

Poner una mano en la cresta de la flor y tornar a explicarle con palabras y el tacto,

que es encantadora, para que florezca de nuevo, por dentro, por su propia gracia.”

Galway Kinnel

 

 

Este poema describe, para mi, de una manera bella una cualidad de la compasión, la de “volver a enseñar a una cosa su encanto”. En este caso el encanto de confiar en las cualidades propias de un profundo legado humano todos hemos heredado y que no siempre recordamos. A veces, muy a menudo en realidad, es necesario explicarle a nuestro corazón su encanto para que florezca de nuevo y por su propia gracia. Si le recordamos su encanto se animará a investigar las causas que originan su dolor, a preguntare si ¿ese dolor es siempre infringido por los demás?, ¿las causas son solo externas? o ¿en alguna medida nosotros mismos también somos una de las causas de nuestro dolor? Se nos hace más evidente el sufrimiento, el resultado, que sus causas y, a mi criterio, encontrarlas es uno de los elementos esenciales para analizar por qué sufrimos y en qué medida podemos entendernos con ello, porque si solo se quiere el fin del sufrimiento pero no de su causa nos equivocaremos totalmente. Dicho de una manera muy llana, ¿solo basta echarle la culpa al fuego cuando nos quemamos? ¿no tendremos que comenzar a prestar atención antes si la hornalla está encendida?   Todos queremos dejar atrás el sufrimiento y tan rápidamente como se pueda, nos meteremos en un camino, de los tantísimos que hay, pero evitaremos, casi siempre, explorar las causas del sufrimiento. Pensamos que, sea lo que sea, el camino espiritual, un retiro de meditación, un curso de fin de semana, un maestro una maestra, etc. si se nos promete el fin del sufrimiento y una felicidad sin más, entonces debe ser un camino muy bueno. Pero con el tiempo la reaparición del dolor, o su recrudecimiento, nos señala que el fin del sufrimiento así de esta manera tan ligera nunca llegará. Se ha omitido investigar las causas del malestar o sufrimiento, no se ha hecho énfasis alguno sobre las causas. Por ejemplo ¿Qué hay detrás de nuestras acciones?, ¿lo que buscamos siempre nos conviene y qué nos aporta en términos de bienestar? ¿cómo reaccionamos cuando no lo logramos, nos evadimos, nos culpamos? ¿buscamos o logramos algo con ello?

 

 

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Bliss point emocional El término bliss point fue creado por el psicofísico Howard Moskowitz para referirse a la cantidad de azúcar, sal o grasa (o los tres juntos) que optimizan el sabor de un producto y la industria alimentaria ha encontrado en esto la combinación perfecta, esa que conocemos muy bien cuando tras el primer mordisco ya, casi como posesos, no podemos parar hasta acabar con ello. Así el consumidor llega ese punto que se ha identificado como “punto de felicidad” que, en realidad, solo es un bienestar ficticio, pero aun así esta sensación de satisfacción, felicidad, nos hará recurrir a ello una y otra vez. Un chocolate porque estoy triste, una galleta porque estoy aburrido, las legendarias “cositas ricas”. Las segundas cosas que sea acabaron en los súper, después de papel higiénico, al comienzo del confinamiento por el COVID 19 ¿Nos pasa esto con alguna de nuestras actitudes? Cuántas veces hemos comprobado que algo no funciona y volvemos a la inocente idea de remediarlo con elementos que, ellos mismos, son parte del problema. Nos indigestamos emocionalmente con lo que consumimos entusiasmados por un ilusorio sentido de felicidad, ¿nuestro bliss point emocional?. Acaso ¿no nos hemos sorprendidos a nosotros mismos volviendo a la publicación que tanto nos indignó ayer en Facebook? Ayer hemos respondimos con una vehemencia, y jactancia, que solo aplauden los propios e ignoran los demás. Hoy vamos a ver el hilo del intercambio con la misma expectativa que el pescador revisa su espinel y mañana volveremos a vociferar sin recordar de qué estamos hablando. Pero allí estamos puntuales y deseosos viviendo absurdamente a estos ruidosos desencuentros en casi un asunto amoroso. Curiosamente no es poco común una suerte de apego al dolor y por lo tanto, aversión a la felicidad. Lo que en psicoanálisis y en psicología se denomina los “beneficios secundarios” (ej.: me engripo y durante la convalecencia otros me cuidan) ¿buscamos necesitamos algo así? ¿Repetimos una y otra vez el dañarme y el dañar por que no confío en otra manera de comunicar, amar y ser amado? Sufrimiento, dolor y negación Las pérdidas, el dolor, las críticas o el miedo nos causan pesar y la negación o resistencia lo hacen mayor aun. Claro que no nos gusta, nadie elige pasar por ello, pero llegan a las vidas de todos, nos gusten o no, esto y mucho más es, simplemente, parte de la vida. ¿Pero que provecho podemos sacar de estas visitas no deseadas? En todo caso ver con honestidad cómo nos afectan y preguntarnos si algo que hacemos, o dejamos de hacer, acaba siendo una de las causas de nuestro sufrimiento. Uno de nuestros engaños más persistentes es el convencimiento de que la fuente, las causas, de nuestra insatisfacción están exclusivamente fuera de nosotros y también solemos pensar que la satisfacción proviene, exclusivamente, de fuera, el anverso de la insatisfacción.

 

 

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¿Por qué siendo tan capaces de resolver tantas cosas no podemos vivir con más ligereza, con algo más de alegría, de apertura? en definitiva de paz. ¿Por qué nos sacuden los celos y altera el enfadado? Y ¿los miedos y angustias de donde vienen? Un día descubrimos que con los que más discutimos son las personas que nos rodean y amamos. Vamos siempre con prisas, incluso en las relaciones personales, siempre hay otro lugar al que ir, ¡una búsqueda insaciable! Nos maltratamos, recriminamos cosas a nuestros hijos o amigos. Y ¿qué es esta sensación de impotencia que nos hace sentir tan limitados? A medida que se afirma esta mentalidad de pobreza tendemos a ser más rígidos en nuestra identificación con ciertas ideas acerca de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Poco a poco perdemos conexión con la apertura básica, la claridad y el amor que es la esencia de nuestro ser. Aprendemos a definirnos por las carencias y nos apegamos a esas definiciones aunque sea un poco halagadoras o autodestructivas. Por el simple hecho de vivir cuanto menos saldremos arañados…pero si miramos debajo de las cicatrices, de las heridas que hemos sufrido en la vida, podremos redescubrir la joya del amor básico e incondicional. La invitación es a redescubrir el amor esencial, alimentarlo y cultivarlo hasta que se convierta en una preocupación profunda y activa por el bienestar propio auténtico y de los demás.